LA UTILIDAD DE LO INÚTIL.
SEGUNDA PARTE LA UNIVERSIDAD-EMPRESA Y
LOS ESTUDIANTES-CLIENTES
No tengo ningún talento especial.
Sólo soy apasionadamente curioso.
Sólo soy apasionadamente curioso.
ALBERT EINSTEIN, Carta a Carl Seelig.
1. LA
RETIRADA DEL ESTADO
Antes de pasar a leer algunas páginas de los grandes clásicos de la
literatura, quisiera detenerme un momento en los efectos catastróficos que la
lógica del beneficio ha producido en el mundo de la enseñanza. Martha Nussbaum,
en su hermoso libro Sin fines de lucro, nos ha proporcionado hace poco
un elocuente retrato de esta progresiva degradación. En el curso de la última
década en buena parte de los países europeos, con alguna excepción como
Alemania, las reformas y los continuos recortes de fondos financieros han
trastornado —sobre todo en Italia— la escuela y la universidad. De manera
progresiva, pero muy preocupante, el Estado ha iniciado un proceso de retirada
económica del mundo de la enseñanza y la investigación básica. Un proceso que
ha determinado también, en paralelo, la secundarización de las
universidades. Se trata de una revolución copernicana que en los próximos años
cambiará radicalmente la función de los profesores y la calidad de la
enseñanza.
Casi todos los países europeos parecen orientarse hacia el descenso de
los niveles de exigencia para permitir que los estudiantes superen los exámenes
con más facilidad, en un intento (ilusorio) de resolver el problema de los que
pierden el curso. Para lograr que los estudiantes se gradúen en los plazos
establecidos por la ley y para hacer más agradable el aprendizaje no se
piden más sacrificios sino, al contrario, se busca atraerlos mediante la
perversa reducción progresiva de los programas y la transformación de las
clases en un juego interactivo superficial, basado también en la proyección de
diapositivas y el suministro de cuestionarios de respuesta múltiple.
Pero hay algo más. En Italia, donde el problema de los que pierden el
curso alcanza dimensiones preocupantes, las universidades que logran el
objetivo de graduar un estudiante en los años previstos por la ley reciben el
premio de una financiación ad hoc. Los centros que, por el contrario, no
satisfacen los protocolos ministeriales sufren sanciones. De este modo, si se
matriculan mil estudiantes en el año 2012, mil graduados deberán tener su
título al final del trienio. Una aspiración noble y legítima si a los
legisladores, además de la quantitas, les interesara también la qualitas.
Por desgracia, sin embargo, renunciando a evaluar con qué competencias reales
concluyen su ciclo de estudios los nuevos titulados, el mecanismo en acto se
transforma en una estratagema que empuja a las universidades —cada vez más
comprometidas por la penuria de fondos en la búsqueda poco escrupulosa de
subvenciones— a hacer lo imposible para producir nuevas hornadas de titulados.
2. LOS ESTUDIANTES-CLIENTES
A los estudiantes, como ha subrayado Simón Leys en una lección sobre la
decadencia del mundo universitario, en algunos centros canadienses se los
considera ya como clientes. El mismo resultado se desprende también de una
minuciosa investigación sobre el funcionamiento de una de las más importantes
universidades privadas del mundo. En Harvard, según informa Emmanuel Jaffelin
en Le Monde del 28 de mayo de 2012, las relaciones entre profesores y
estudiantes parecen fundarse sustancialmente en una suerte de clientelismo:
«Dado que paga muy cara la matrícula en Harvard, el estudiante no sólo espera
de su profesor que sea docto, competente y eficaz: espera que sea sumiso,
porque el cliente siempre tiene razón». En otros términos: las deudas
contraídas por los alumnos estadounidenses para financiar sus estudios,
cercanas a los mil millardos de dólares, los obligan a ir «más a la búsqueda de
ingresos que de saber».
En efecto, el dinero que los matriculados vierten en las arcas
universitarias ocupa un puesto de primer rango en los presupuestos elaborados
por los rectores y los consejos de administración. Y este dato comienza a
cobrar gran importancia también en los centros estatales, donde se intenta
atraer a los estudiantes por todos los medios, hasta el punto de promover, como
sucede con los automóviles y los productos alimenticios, verdaderas y genuinas
campañas publicitarias. Las universidades, por desgracia, venden diplomas y
grados. Y los venden insistiendo sobre todo en el aspecto profesionalizado esto
es, ofreciendo cursos y especializaciones a los jóvenes con la promesa de
obtener trabajos inmediatos y atractivos ingresos.
3. LAS UNIVERSIDADES-EMPRESAS Y LOS
PROFESORES-BURÓCRATAS
Institutos de secundaria y universidades, en definitiva, se han
trasformado en empresas. Nada que objetar, si la lógica empresarial se limitase
a suprimir los despilfarros y a rechazar las gestiones demasiado alegres de los
presupuestos públicos. Pero, en esta nueva visión, el cometido ideal de los
directores de instituto y rectores parece ser sobre todo el de producir
diplomados y graduados que puedan insertarse en el mundo mercantil. Desposeídos
de sus habituales vestimentas de docentes y forzados a ponerse las de gestores,
se ven en la obligación de cuadrar las cuentas con el fin de hacer competitivas
las empresas que dirigen.
También los profesores se transforman cada vez más en modestos
burócratas al servicio de la gestión comercial de las empresas universitarias.
Pasan sus jornadas llenando expedientes, realizando cálculos, produciendo
informes para (a veces inútiles) estadísticas, intentando cuadrarlas cuentas de
presupuestos cada vez más magros, respondiendo cuestionarios, preparando
proyectos para obtener míseras ayudas, interpretando circulares ministeriales
confusas y contradictorias. El año académico transcurre velozmente al ritmo de
un incansable metrónomo burocrático que regula el desarrollo de consejos de
todo tipo (de administración, de doctorado, de departamento, de curso de
graduación) y de interminables reuniones asamblearias.
Parece que nadie se preocupa, como debería, de la calidad de la
investigación y la enseñanza. Estudiar (a menudo se olvida que un buen profesor
es ante todo un infatigable estudiante) y preparar las clases se
convierte en estos tiempos en un lujo que hay que negociar cada día con las
jerarquías universitarias. No nos damos ya cuenta de que separando
completamente la investigación de la enseñanza se acaba por reducir los cursos
a una superficial y manualística repetición de lo existente.
Las escuelas y las universidades no pueden manejarse como empresas.
Contrariamente a lo que pretenden enseñarnos las leyes dominantes del mercado y
del comercio, la esencia de la cultura se funda exclusivamente en la gratuidad:
la gran tradición de las academias europeas y de antiguas instituciones como el
Collège de France (fundado por Francisco I en 1530) —sobre cuya importancia
para la historia de Europa ha insistido recientemente Marc Fumaroli en Nápoles,
en una apasionada conferencia dictada en la sede del Istituto Italiano per gli
Studi Filosofici— nos recuerda que el estudio es en primer lugar adquisición de
conocimientos que, sin vínculo utilitarista alguno, nos hacen crecer y nos
vuelven más autónomos.[12] Y la experiencia de lo que aparentemente
es inútil y la adquisición de un bien no cuantificable de inmediato se revelan inversiones
cuyos beneficios verán la luz en la longue durée.
Sería absurdo cuestionar la importancia de la preparación profesional en
los objetivos de las escuelas y las universidades. Pero ¿la tarea de la
enseñanza puede realmente reducirse a formar médicos, ingenieros o abogados?
Privilegiar de manera exclusiva la profesionalización de los estudiantes
significa perder de vista la dimensión universal de la función educativa de la
enseñanza: ningún oficio puede ejercerse de manera consciente si las
competencias técnicas que exige no se subordinan a una formación cultural más
amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y
dar libre curso a su curiositas. Identificar al ser humano con su mera
profesión constituye un error gravísimo: en cualquier hombre hay algo esencial
que va mucho más allá del oficio que ejerce. Sin esta dimensión
pedagógica, completamente ajena a toda forma de utilitarismo, sería muy
difícil, ante el futuro, continuar imaginando ciudadanos responsables, capaces
de abandonar los propios egoísmos para abrazar el bien común, para expresar
solidaridad, para defender la tolerancia, para reivindicar la libertad, para
proteger la naturaleza, para apoyar la justicia…
En una apasionada página de los Pensamientos de Montesquieu es
posible hallar una escala de valores que suena como una necesaria invitación a
superar todo perímetro demasiado limitado para elevarse cada vez más hacia los
infinitos espacios de lo universal:
Si supiera alguna cosa que me fuese útil y que resultara perjudicial
para mi familia, la expulsaría de mi mente. Si conociera alguna cosa útil para
mi familia, pero que no lo fuese para mi patria, trataría de olvidarla. Si
conociera alguna cosa útil para mi patria, pero perjudicial para Europa, o útil
para Europa y dañina para el género humano, la consideraría un crimen.
4. HUGO: LA CRISIS NO SE SUPERA RECORTANDO LOS FONDOS PARA LA CULTURA SINO
DUPLICÁNDOLOS
Habría que imponer a los miembros de los gobiernos europeos la lectura
de un apasionado discurso que Víctor Hugo pronunció en la Asamblea constituyente.
Se remonta al 10 de noviembre de 1848, pero parece formulado ayer mismo. Muchas
de las objeciones presentadas por el célebre escritor francés mantienen aún hoy
una apabullante actualidad. Frente a la propuesta de los ministros de recortar
la financiación de la cultura, el novelista muestra de manera muy persuasiva
que se trata de una opción perjudicial y del todo ineficaz:
Afirmo, señores, que las reducciones propuestas en el presupuesto
especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son
insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los
demás puntos de vista. Insignificantes desde el punto de vista financiero. Esto
es de una evidencia tal que apenas me atrevo a someter a la asamblea el
resultado del cálculo proporcional que he realizado […] ¿Qué pensarían,
señores, de un particular que, disfrutando de unos ingresos de 1500 francos,
dedicara cada año a su desarrollo intelectual […] una suma muy modesta: 5
francos, y, un día de reforma, quisiera ahorrar a costa de su inteligencia seis
céntimos?
Un ahorro ridículo para el Estado que, sin embargo, se revela mortal
para la vida de bibliotecas, museos, archivos nacionales, conservatorios,
escuelas y muchas otras importantes instituciones. Y entre ellas, Hugo cita el
Collège de France, el Museo de Historia Nacional, la Escuela de Paleografía y
numerosos centros culturales de los que Francia debería sentirse orgullosa. De
un solo plumazo en los presupuestos, los recortes terminarán por humillar a
toda la nación y, al mismo tiempo, a las pobres familias de artistas y poetas
abandonadas a su suerte sin ayuda alguna:
Un artista, un poeta, un escritor célebre trabaja toda la vida, trabaja
sin pensar en enriquecerse, muere y deja a su país mucha gloria con la sola
condición de que se proporcione a su viuda e hijos un poco de pan.
Pero error aún más grave es que el rigor del gasto se aplica en el
momento equivocado, cuando el país necesitaría, por el contrario, potenciar las
actividades culturales y la enseñanza pública:
¿Y qué momento se elige? Aquí está, a mi juicio, el error político grave
que les señalaba al principio: ¿qué momento se elige para poner en cuestión
todas estas instituciones a la vez? El momento en el que son más necesarias que
nunca, el momento en el que en vez de reducirlas, habría que extenderlas y
ampliarlas.
Cuando la crisis atenaza a una nación es más necesario que nunca
duplicar los fondos destinados a los saberes y a la educación de los jóvenes,
para evitar que la sociedad caiga en el abismo de la ignorancia:
[…] ¿Cuál es el gran peligro de la situación actual? La ignorancia. La
ignorancia aún más que la miseria. […] ¡Y en un momento como éste, ante un
peligro tal, se piensa en atacar, mutilar, socavar todas estas instituciones
que tienen como objetivo expreso perseguir, combatir, destruir la ignorancia!
Para Hugo, no basta sólo con «proveer a la iluminación de las ciudades»
pues «también puede hacerse de noche en el mundo moral». Si sólo se piensa en
la vida material, ¿quién proveerá a encender «antorchas para las mentes»?
Pero si quiero ardiente y apasionadamente el pan del obrero, el pan del
trabajador, que es un hermano, quiero, además del pan de la vida, el pan del
pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero multiplicar el pan del
espíritu como el pan del cuerpo.
A la enseñanza pública le incumbe la delicada tarea de apartar al hombre
de las miserias del utilitarismo y educarlo en el amor por el desinterés y por
lo bello («hay que levantar el espíritu del hombre, volverlo hacia Dios, hacia
la conciencia, hacia lo bello, lo justo, lo verdadero, hacia lo desinteresado y
lo grande»). Un objetivo que para ser cumplido requiere medidas opuestas a las
adoptadas por los «gobiernos precedentes» y el actual «comité de finanzas»:
[…] Habría que multiplicar las escuelas, las cátedras, las bibliotecas,
los museos, los teatros, las librerías. Habría que multiplicar las casas de
estudio para los niños, las salas de lectura para los hombres, todos los
establecimientos, todos los refugios donde se medita, donde se instruye, donde
uno se recoge, donde uno aprende alguna cosa, donde uno se hace mejor; en una
palabra, habría que hacer que penetre por todos lados la luz en el espíritu del
pueblo, pues son las tinieblas lo que lo pierden.
Hugo fustiga a una clase política obtusa y miope que, creyendo ahorrar
dinero, programa la disolución cultural del país y destruye toda forma de
excelencia:
Han caído ustedes en un error deplorable; han pensado que se ahorrarían
dinero, pero lo que se ahorran es gloria.
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